domingo, 20 de mayo de 2012

Algo que dura una canción

La mañana suena a Salut D'Amour, la tarde a ayoyotes y la noche a un kumbala.
Cada momento tiene su entrega y la hace con devoción.

Soy esclava de uno de mis yoes, soy un día de la semana, esa pirouette que depende de sus brazos que son las piernas para hacerse, ese cuatro que se multiplica por sí mismo y logra hacer ocho veces un dos.
Tengo un "Waltz of flowers" de Tchaikovsky dentro de mi y es como un grito; exige libertad.

Se metió una paloma a la tortillería en plena tarde asoleada y me vino algo a la mente: la libertad entra al sentimiento abrasador y éste desaparece porque aprisiona, esclaviza y frustra. No se lleva con la libertad.
Lo que importa no es la noche, es el sabor de la noche. ¿A qué sabe la noche? A veces sabe a positivismo, frescura o libertad. Entonces saco la lengua y ya sé que me sabe a kumbala y a algo más.

Todo tiene su cinismo propio, que proviene de no se donde así como las cosas provienen de no sé donde. Se nada entre sueños y se llega a ahogar cuando encontramos algo sobresaliente que razga toda la alberca y la hace a ésta menos.


¿Cuánto dura una canción? Quizá toda la vida, quizá un periquete. No, yo soy un periquete, por eso tengo tantos yoes.

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